“El público del que hasta ese momento yo había formado parte en una u otra ocasión pagaba su entrada a cambio de pasarlo bien, y aunque muy de vez en cuando fuera posible descubrir un niño inquieto y deseoso de irse, o a un adulto en pleno bostezo, nunca había visto tantas caras distorsionadas por la rabia, la frustración o la desesperación”, explica Nick Hornby en Fiebre en las gradas a través de su experiencia como hincha del Arsenal F. C.

El fútbol funciona en ocasiones como una válvula de escape para las frustraciones del ser humano y le hace, incluso, más llevadera su existencia. Sin embargo, a veces esa rabia contenida degenera en acciones violentas injustificables, como el suceso acontecido el pasado fin de semana tras el partido que enfrentaba a Barcelona y Real Madrid.

Según Gladys Engel, existen varios tipos de violencia en el deporte, pero se pueden aglutinar en dos: aquellas en las que el juego se convierte en un escenario para la continuación o reanudación de conflictos históricos, como es el caso de los derbis; y aquellas en las que los acontecimientos del juego o competición desencadenan luchas u otras formas de conflicto entre dos grupos polarizados, como en sucesos como este.

El fútbol puede llegar a ser, como lo fue en el caso de Hornby, un espacio en el que desenvolver y airear la tristeza, sobreponerse y evadir la realidad. Hasta hay quien lo ve como una realidad paralela. Pero no lo olvidemos: en él no ha de caber la violencia, como en la vida misma.

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