Metro_de_Madrid_-_Tetuán_01“El Barrio, nuestro barrio, no aparecía en ningún mapa. Lo que llamábamos el barrio eran unas veinte calles en torno a la estación de metro de Tetuán en el cruce entre Marqués de Viana y Bravo Murillo. Al norte la frontera estaba en la Ventilla, al sur en Villaamil. Hacia el este el límite estaba en la calle Orense, el oeste en los descampados que empezaban en el pequeño acueducto de ladrillo rojo, lo que llamaban El Chorrillo. Más allá solo había chabolas, tierra muerta, luces lejanas”, describe Miguel Sáez Carral en su obra Apaches. Así es Tetuán, un lugar particular cuyos límites son tan cercanos y, sin embargo, tan opuestos y diferentes al mismo tiempo.

Tetuán me recibió una tarde soleada de 2012. Ese año Las Palmas comenzaba la temporada con una victoria a domicilio ante el recién descendido Racing de Santander. La Unión Deportiva, iluminada con un gol de Chrisantus, se colocaba en la parte alta de la clasificación, como también lo hacía sobre el cielo azul aquel sol que me acogía a mi llegada a Madrid. Jornadas después, imprevisiblemente, los amarillos se situaban en la parte baja de la clasificación, al borde del abismo, como en uno de esos límites lejanos y despoblados del barrio por los que no se suele transitar.

Los límites, esas líneas reales o imaginarias que nos separan de dos situaciones, nos pueden hacer más débiles en determinados momentos, pero también más fuertes. La UD Las Palmas se clasificaba al final de aquella temporada para jugar las eliminatorias de ascenso a Primera División.

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